
Hay mañanas en las que te levantas y sabes que es el día perfecto para defraudar al Estado. Al fin y al cabo, a los pocos pringados que curramos solo nos quedan ya dos refugios: Las Loterías y Apuestas del Estado y las bajas laborales. El primero, en el fondo y versioneando a Schopenhauer, no es más que un impuesto extra que se nos cobra a la masa esclava por permitirnos unos segundos semanales de efímera ilusión.
Entonces solo queda la Sagrada Baja. Aprovechando un tirón en la espalda me dispuse a gozar de mis privilegios como ciudadano occidental por primera vez en mi vida. Total, si me quitan un tercio de mi sueldo, más una cotización por ocupar espacio físico, más otro tercio a mi plusvalía, más un quinto de mi consumo, más tres cuartos de la energía que disipo, más cuatro quintos de las drogas legales de las que dispongo, un extra por poder circular en vehículos a motor y los gastos de gestión por manejar todo el papeleo que generan todas estas cuotas al Estado, me siento levemente titulado para obtener algo de eso a cambio.
Además, siempre que un español piensa en lo horriblemente bien que se podría vivir como en EEUU, es decir, con una tributación cabal, se recuerda que aquí tenemos la Seguridad Social. Bueno, yo Osakidetza, que es lo mismo, pero te dicen "egunon". Y, que coño, merece la pena. Es mucho mejor pagar todo lo anteriormente mencionado a a cambio de dotarnos de un enorme y torpe monstruo de ineficiencia y burocracia. Y es que quizás no esté tan mal pensado. La sanidad pública aplica uno de los principios más meditados de la medicina: El cuerpo humano se cura a si mismo. Entonces, la mejor prescripción lógica es darle grandísimos tiempos de espera.
Aunque, ojo al dato, que no sea yo quien haya dicho que prefiere la privatización. No en un pais como este donde las privatizaciones significan asignaciones interesadas. Para que Jon Kepa Amorrortu, de confianza del Partido, o Gotzon Martinez, esbirro a sueldo de Madrid, se queden con un negocio millonario, prefiero que lo sigan haciendo con medio dificultades y en la sombra, y sin trincar a tope, como ahora. Es la situación de doble porculio. Eterna.
Pero bueno, tal y como están las cosas, decidi pillar la baja como decía. A tomar por culo, como en Jauja. Llamé para pedir hora. A dicha hora acudí al centro. Ya en el exterior, una sensación de maremagnum, como de concierto de Estopa o algo así, hace presagiar lo que hay en el interior. Mogollón de peña. Como no se donde está mi médico, hice cola para preguntar, un buen rato. Subo a donde me han indicado. En la sala de espera me encuentro con algo inesperado.
En ese pequeño cluster humano hay un código y una jerarquía de la que entro a formar parte nada más llegar. Lo percibo en las reacciones de la gente. Esa gente es de dos tipos: Moros y viejos. Pronto descubro quién está al mando, dos viejas que me preguntan para que hora tengo y me asignan un turno. "Vas después del hombre ese" Dicen con un leve tonillo despectivo, refiriéndose a un señor en chubasquero, pantalón de chandal y gigantescas botas de alta montaña que está a mi izquierda. Luego continúan con su cháchara.
A las moritas en semi-burka les suena el movil con un tono a 120W que entiendo que son las recitaciones musicadas del Corán a cargo del coro de Islamabad, y se ponen a hablar a un volumen acorde. Vamos, exactamente igual que una chica vasca. Saco mi móvil para intentar jugar un rato al Puzzle Bobble, pero no me concentro y lo vuelvo a guardar. Si os digo la verdad el ambiente de hospital, como os pasará a todos, me pone enfermo. Le doy un poco de conversación al hombre de las botas, pero pronto me doy cuenta de que le sucede lo que a muchas personas mayores, que si te hablan ellos de algo que recuerdan o que les ha pasado, están cómodos, pero si tienen que hablar de hechos actuales se sienten intimidados.
De su discurso, deduzco que se trata de uno de esos hombres tan comunes en mi pueblo, que vinieron de España a meterse en una fábrica y que tras una vida de penurias y esfuerzo, ahora están medio baldados por toda la mierda que han chupado en la fábrica (en concreto en una gran empresa de mi pueblo el amianto hizo estragos, sin que nadie haya pagado por ello). Cuando terminé de manera amable la conversación, ya que no había feeling, pensé que ese mismo centro se había construido con el esfuerzo de ese mismo hombre, y allí estaba, en chubasquero y con una bota de monte en la tumba.
Me fijé en las dos señoras, que hacían un bodycount de sus amistades y conocidos "Pues ¿no sabías que Zutanita se murió?" "¡Uy, no fastidies!" y tal. Eran dos señoras bastante más lúcidas que el hombre de mi izquierda. Probablemente más lúcidas que yo. Me bastó un leve examen fisionómico y poner solo un poco más la antena para saber que eran dos chicas del pueblo, dos vascas matriarcales casadas con un ceporro también del pueblo al que le han hecho la vida imposible. Maquiavélicas mujeres vascas, profundamente insatisfechas y amargadas, con un importante pathos que las insta a molestar, impedir todo lo que no satisface sus caprichos y no tolerar las situaciones en las que no tienen el control absoluto.
Mujeres impenetrables, maliciosas y perjudiciales para todos menos para si mismas por las que siempre he sentido una irremediable atracción. Y lo he pagado caro por muy muy poco a cambio. Se que no me estáis entendiendo, quizás los que seais de aquí si, si os han abierto los ojos o si también sois mujeres. Con el tiempo, pensé en ese momento, quizás he aprendido a guardarme de ellas, o incluso a putearlas, pero aún me resulta dificil no desear que me quieran para vencer sus defensas, esperar que se me muestren en su estado más débil, quitar sus espinas para coronarme con ellas.
Apenas sacudiéndome esos pensamientos delirantes a cuenta de las dos eusko-arpías, causados sin duda por el ambiente insalubre, me percaté de que era mi turno. A poco de estar con la medico, enseguida me di cuenta que era del tipo maternal. Exploté esa debilidad para intentar extraer el mayor número de días posibles. La médico hizo exactamente lo que había visto por internet que se hace en esos casos, y me dio el diagnostico que también se podía preveer mediante la información disponible en internet. Mientras hacía el papeleo, me fijé en la consulta y en lo extremadamente calenturienta que tiene que ser la mente humana para que sitios tan horrendos como ese sean escenario frecuente de películas porno.
Me inidicó que algo estaba mal, que me faltaba nosequé de los papeles de la Seguridad Social. Joder. Tras dos horas más (no bromeo) de ventanillas, oficinas, Ay-untamientos y su puta madre, estaba de vuelta en el mismo sitio. Ya tenía mi puta baja, pero tienes que volver a coger la confirmación Y (esto no lo sabia) tienes que ir a por el alta. Lo que significa que mis merecidos días de descanso los voy a tener que pasar inmerso en burocracia. Esto es una broma pesada. Ni en la peor pesadilla de un pais comunista hubiera podido imaginar que estar jodido fuera tan penoso. ¿Acaso les pongo yo tantos trámites cuando el Estado me estafa a mi? No te jode.
Total, que engañar no compensa. O eso o es que soy un puto amateur y necesito instrucciones. En fin, el cazador cazado. Moraleja: Cuando ni siquiera la picaresca es útil, es hora de abandonar toda esperanza e ir dándote cuenta de que es mejor hacerte a la idea de que estamos acorralados por una máquina mejor que nosotros mismos. O algo.








